Contar con herramientas acordes a los contextos es clave para las mujeres que se encuentran en escenarios vulnerables.

Históricamente, las mujeres rurales fueron invisibilizadas en los discursos centrales del desarrollo. Pero en los últimos años, diversas iniciativas mostraron que empoderar a las mujeres en contextos rurales y vulnerables no solo mejora sus vidas, sino que transforma transversalmente a sus comunidades.
En un mundo marcado por crisis climáticas, económicas y sociales, impulsar la igualdad de género en las zonas rurales no es solo un acto de justicia, sino una estrategia fundamental para construir comunidades resilientes.
Desde cooperativas agrícolas lideradas por mujeres hasta programas de formación técnica y financiera, los proyectos que impulsan la autonomía de la mujer se multiplican, desafiando a las estructuras tradicionales y asentando las bases para un futuro más justo, accesible y sostenible.
Mujeres rurales, un pilar de la seguridad alimentaria y en lo social
Las mujeres que viven en zonas rurales cumplen múltiples roles. Desde productoras, cuidadoras, emprendedoras, gestoras de recursos naturales y transmisoras de saberes y según datos de la FAO, ellas representan más del 40% de la fuerza laboral agrícola en los países en desarrollo.
Sin embargo, el acceso a recursos como la tierra, el crédito, la educación o la tecnología sigue estando limitado por barreras estructurales de género, por lo que el desarrollo de ellas en cada actividad puede ser ralentizado, ante la falta de recursos.
Frente a este panorama, muchos proyectos comenzaron su enfoque en poder revertir estas desigualdades, brindando herramientas en diversas áreas que marcan la diferencia.
El enfoque no es solo de asistencia, sino que se busca que sea un paso transformador. Se trata de generar capacidades, autonomía económica y fortalecer la participación de las mujeres en la toma de decisiones comunitarias.
Pero para ello, hay que tener en cuenta que uno de los pilares del empoderamiento rural es la formación. En América Latina, África y Asia, entre otras, se pusieron en marcha diversas escuelas de liderazgo para mujeres campesinas, donde se combinan saberes técnicos con herramientas para la organización colectiva, la incidencia política y el manejo de proyectos productivos.
Un ejemplo es el programa “Escuelas Campesinas de Agroecología con Perspectiva de Género”, en el sur de México. Las participantes no solo aprenden técnicas agrícolas sustentables, sino también nociones de derechos, economía solidaria y salud reproductiva.
El impacto social de esta formación que recibieron fue de gran alcance, muchas de ellas comenzaron a participar en cooperativas, asambleas y proyectos de comercialización local, elevando su visibilidad y voz.
Organizaciones como la Fundación Gran Chaco en la Argentina también son muy visibles en este escenario. Este programa promueve formación técnica en energías renovables, construcción y oficios no tradicionales para mujeres indígenas y criollas.
También, un tema a resolver para muchas mujeres es el escaso acceso a la tierra y al financiamiento, siendo uno de los mayores desafíos en las zonas rurales. Teniendo en cuenta que esta res una realidad en diversas partes del mundo, surgieron numerosas iniciativas de microcrédito, fondos rotatorios y bancos de semillas gestionados por mujeres, que permiten impulsar emprendimientos productivos con enfoque local.
Mujeres Sembradoras de Vida en Colombia es un programa que demuestra cómo el acceso a pequeños créditos y asesoramiento técnico permitió a más de 200 mujeres acceder a huertas agroecológicas, diversificar cultivos, vender productos en mercados locales y reducir la dependencia de insumos externos.
Al fortalecer la soberanía alimentaria, estos proyectos también tienen un gran peso cuando se está frente a crisis alimentarias que surgen tras fenómenos climáticos o conflictos armados. La Red de Mujeres Rurales del Uruguay también realiza un trabajo ejemplar ya que este programa trabaja con cooperativas lecheras y textiles que son manejadas por mujeres, lo que se convierte en una herramienta para generar ingresos, impulsar su autoestima y el trabajo comunitario.
Pero en este escenario, es importante remarcar que el empoderamiento rural no es un camino individual, sino que muchos de estos proyectos son sostenidos por redes de colaboración y apoyo mutuo entre mujeres, lo que fortalece su rol social y maximiza la resiliencia comunitaria frente a un escenario vulnerable.
Las redes de productoras, las ferias comunitarias, los mercados campesinos y los espacios de encuentro son lugares claves para la comercialización, el intercambio de conocimientos, la contención emocional y la construcción de liderazgos solidarios.
Contar con una infraestructura es de gran relevancia en el camino de empoderamiento de las mujeres rurales. Porque contar con acceso a agua segura, electricidad, caminos transitables o espacios comunitarios impacta de forma directa en su calidad de vida y en la posibilidad de poder participar activamente tanto en la economía como en la vida pública.
Invertir en centros comunitarios donde se puedan dictar talleres, en guarderías rurales que permitan conciliar trabajo y cuidados, o en tecnologías apropiadas que alivianen las tareas domésticas, es una forma concreta de reconocer y redistribuir el trabajo que históricamente recae sobre ellas.
Empoderar a las mujeres en zonas rurales es solo para perseguir una igualdad, sino que se trata de una apuesta estratégica para contar con sostenibilidad y resiliencia de las comunidades. Tener en cuenta el papel de las mujeres rurales es una de las acciones y herramientas más poderosa como punto de partida para generar cambios estructurales en la comunidad.

