Si bien podemos concebir a cualquier estructura arquitectónica como un volumen estable y factible de entrar en relación con nosotros, el entorno construido de alguna forma es un todo dinámico en el cual las personas y las estructuras de sus edificios entablan, establecen relaciones recíprocas, que cambian de manera constante. Esto nos permitiría poder definir a la arquitectura como el arte de construir un entorno sobre la base del espacio, el volumen y las modalidades del lugar. La experiencia es primariamente somática, no es visual, es decir, en el encuentro del cuerpo con el lugar se transforman muchos de los episodios cualitativos de la situación arquitectónica.
Por ejemplo, la atracción de las superficies tiene que ver más con las manos que con los ojos, curiosamente, las cualidades táctiles en realidad son contiguas y posteriores a las visuales, es decir, las superficies nos remiten a una lectura de espacios y de volúmenes como cuando la envoltura reflectante de un edificio hace desaparecer el volumen que la contiene porque esas superficies son especulares y amplían el espacio circundantes, y estoy volviendo al caso de los cortin walls de la Sexta Avenida. O como cuando las superficies se disuelven para revelar volúmenes puros como serían por ejemplo el caso de la propuesta de Jeny Rogers en el centro Pompidour.
La luz transforma el peso y la masa cuando los interiores de las modernas torres vidriadas oscurecidas por la noche son iluminadas por adentro, entonces ahí se empieza a plantear algo así no solo como una ornamentación de joyería, que tiene que ver con una estructura austera, sino que además empiezan a aparecer los volúmenes y las masas, y entonces esos torrentes luminosos no solo hacen aparecer de manera dramática las formas de la arquitectura sino que los convierte algo así como en apariciones fantasmales en el cielo de la noche, las escaleras, los corredores, las puertas, las ventanas también tienen significados y son significados vividos que tienen que ver con el sentir y el percibir de los lugares donde vivimos y ahí a partir de ese momento se genera una libertad y un movimiento que los diseñadores captan y lo llevan a un lenguaje formal.
Esta alianza del organismo consciente con las estructuras de la arquitectura identifica un lugar porque el lugar finalmente se transforma en un artefacto humano. Es decir que la indisociabilidad del edificio y del sitio es producto de una relación, esa relación tiene que ver con las características físicas y cualitativas del lugar, por supuesto, pero esa conjunción de edificio y sitio se llama fielmente y tiene que ver con la escala humana y por eso es tan importante el diseño del entorno urbano, es decir, no se trata de una orden de cosas diferentes sino de la realización de la arquitectura. Es decir, que hay una reciprocidad del individuo y del entorno, entre acción y respuesta humana por un lado y por otro lado características y cualidades que tienen que ver con el entorno, y entonces esa reciprocidad es una experiencia constante del entorno que nos rodea y que los diseñadores no pueden dejar de estudiar.
El entorno también tiene además una dimensión temporal porque masas, colores, luces, líneas, sonidos se juntan en nuestra percepción y solo distinguimos en las actividades conceptuales cuando queremos ordenar el diseño y estamos proyectando un edificio o un conjunto de edificios. Para la persona es crecer, decía el filósofo Hydey, es decir, ser humano es estar en la tierra, es habitar. Y esto es además lo que significa construir edificios. Construir dice Hydeberg es una manifestación del hábitat, del estar en la tierra un hecho oscurecido por las formas más evidentes en que ese hábitat y ese estar se expresan. Tales como cultivar la tierra y erigir inmuebles. El entorno entonces no es el objeto de un acto subjetivo de contemplación, sino la condición de nuestra vida.
Y ese entorno donde se produce, o donde se intenta diseñar no es estático, es decir, hay una intrincada combinación de movimientos paralelos y cruzados, hay una red de transporte, una red de comunicaciones, una red educativa, una red cultural. Hay una red de comercios, otra de servicios, hay una red administrativa. Todo eso coincide en eso que nosotros llamamos ciudad. Y el logro de un entorno humano de proporciones humanas además depende de la capacidad que tienen los diseñadores para determinar y controlar las condiciones que modelan ese entorno que estamos estudiando y que supongo vamos a tener distintas perspectivas en estos dos días, por un lado, la de los arquitectos, por otro lado, la de los developers, por otro lado, la de los políticos.
Es decir, el diseño urbano no puede limitarse al ordenamiento de los espacios públicos y privados, es decir, la ciudad tiene que ser legible, las imágenes tienen que ser reconocidas de inmediato por el habitante, pero además tiene que tener atracciones, es necesario que la ciudad, que ese entorno humano le ofrezca al individuo más allá del estruendo del tráfico percepciones táctiles, percepciones olfativas que le sirvan para descifrar los distintos escenarios urbanos. Es decir, el transeúnte tiene que poder leer la ciudad. El destacado filósofo alemán Huber Habermas había destacado con acierto cómo las generalizaciones de los tranvías hacia mediados del siglo pasado habían revolucionado el entorno de la ciudad, habían revolucionado la experiencia del tiempo y el espacio y esto modificó esencialmente la percepción de las ciudades por sus habitantes. EI sostenía que había todo un arsenal de claves sensoriales a partir, curiosamente de ese desarrollo en las ciudades europeas de los tranvías.
