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Esto no solo es un modelo, es un índice de la operatividad urbana que nos induce a pensar que hay una serie de símbolos, de significados, de memorias comunes que tienen que ver con certezas emocionales y que tienen que ver con la posibilidad de la condición social del hombre, esto lo sugería ya Aristóteles, con la condición de ser plenamente humano. Y aquí es evidente que pienso que lo estético se nutre de otra condición muy importante que lo ético. Es decir, en rigor toda estética tendría que ser si quiere serlo de manera cabal, o tener pilares éticos, si esto es así en todos los campos de la creación humana, de la arquitectura lo es aún más y el entorno que en realidad es la manifestación estética por antonomasia se basa indiscutiblemente en una ética del hombre individual y colectivo.
El debate entonces no es de si decidimos transformar el entorno humano sino cómo tiene que ser esa modificación, cómo lo podemos transformar en un ecosistema humano que nos permita vivir más dignamente. Todos los aspectos culturales y morales que serían también parte del interés del diseñador, no son adicionales, no son secundarios, sino que de alguna forma quieren hacer que la experiencia humana se convierta en un todo. En vísperas de este final de siglo donde estamos todos pensando con urgencia cómo se va a construir nuestro entorno urbano, tendríamos que pensar que habría que tratar de vencer a esas fuerzas de la vulgaridad y de la monotonía que deprimen y contaminan nuestras ciudades. Y hacer de estas un medio donde los seres humanos se enriquezcan, se completen para que las ciudades dejen de ser centros amenazadores y depredadores de la condición humana.
Hay dos acontecimientos que queremos subrayar. El primero es la posibilidad que las ciudades ya no son necesarias desde el punto de vista de la economía, es decir, los recientes cambios en las modalidades de producción y de consumo han llevado a la descentralización de buena parte de las industrias y por otro lado hay una distinta circulación de los objetos comerciales a través de medios telefónicos, electrónicos y la aparición de grandes centros de compras que tiene que ver con esta diferente circulación. A partir de estos adelantos las ciudades no son ya tan necesarias desde el punto de vista económico. Los diarios regionales, las entregas de libros por correspondencia, los programas de radio, las televisiones con específico destino geográfico, las grandes redes de informática, disminuyen la concurrencia a las antiguas fuentes que eran las bibliotecas, las conferencias como esta en la que estamos todos nosotros, los comités políticos.
Es decir, la ciudad ya no es tan esencial si la miramos a diez o veinte años de distancia. Hay una serie de requerimientos que esta sociedad industrial en la que vivimos ya avanzada ha sido modificada con relación a que cada uno de nosotros puede tener en su casa una terminal de ordenador que nos puede servir para reservar una mesa en un restaurante, o para comprar entradas en un cine o teatro, o para pagar nuestras cuentas bancarias, o para llamar al fontanero y pagarle. qué queda entonces a la ciudad?, bueno le queda mucho, porque la ciudad va a seguir brindándonos oportunidades sociales y culturales que difícilmente se puedan poder desarrollar en otros, es decir, fuera de ella.
Aunque nuestra supervivencia biológica no se vea afectada en el corto plazo y estoy hablando de una cierta adaptación no se puede ignorar que el factor máximo a tener en cuenta por nuestro diseñador o diseñadores tiene que ser el factor huma-no de la felicidad. Y ya sabemos que con la inclusión de una dimensión se modifica el sentido verdadero de la adaptabilidad del usuario, del cliente en ese entorno humano a que yo me estaba refiriendo. Por eso hay biólogos tan interesantes por ejemplo como René Duart que nos instan a terminar con la estandarización. Describe: la diversidad de los internos sociales constituye un aspecto decisivo del funcionalismo, tanto para la planificación de las ciudades y el diseño de la vivienda como para el propio manejo de la vida.
Este potencial ético que plantea un biólogo como Dubois robustece esta propuesta estética a que nos estamos refiriendo y entonces el desarrollo de un entorno estético por la arquitectura va a pasar a ser también el desarrollo de un entorno moral. Un entorno urbano que asimila las necesidades vitales de los valores éticos, las capacidades perceptivas del hombre, a una red funcional de dimensiones humanas, que incite a respuestas imaginativas que simbolicen nuestros ideales de cultura, que nos permita reconocer la proporción humana dentro de la universal, que en suma amplíe el alcance y la vivacidad de nuestra experiencia inmediata. Todo eso debe generar un entorno que actúa simultáneamente como estético.
Inútil sería olvidar o minimizar que todas las grandes ciudades en este fin de siglo están azotadas por una barbarie que ha devenido con el progreso, pero que nos hace recordar las plagas, y que nos hacen pensar en un retorno a una segunda Edad Media. Ninguna de ellas corresponde demasiado a las ideas de un entorno urbano, como sede moral y como sede estética de la vida humana. Y podríamos decir entonces que estamos hablando de falsos entornos que producen habitantes anónimos y estandarizados que finalmente son ajenos a las ciudades donde subsisten. El problema no se arregla demoliendo nuestras megalópolis, por supuesto, ni tampoco o peor ensanchándolas. Los intereses económicos y las decisiones políticas que suelen ser hijas de aquellos no han de deshacer su alianza establecida para do-minar la construcción del entorno urbano, pero los arquitectos no deben disolver esta alianza trabada con los seres humanos porque la idea es buscar un mundo mejor diseñar un entorno visible más cerca de este año 2.000 al que nos estamos refiriendo.

