Ética y estética del hábitat

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Umberto Eco memoró alguna vez el sobresalto de los clérigos y de los príncipes, aunque también de la gente común al ver acercarse los tramos finales del primer milenio. Algunos creían que se iba a acabar el mundo. Hace pocos minutos escuché decir aquí que están ansiosos de entrar y terminar este segundo milenio, y sin embargo muchos se desesperaban en el anterior por que se acababa la vida eterna, que había un más allá de sanciones y de tormentos. Y hoy parecería que no nos inquieta ese fin del mundo, pese a que hemos decidido, algunos, como Francis Fuji jama, por ejemplo, que se terminó la historia y que el futuro es hoy.

Pero ni terminó la historia ni el futuro es hoy, sino que en él tendríamos que pensar tendríamos que dialogar acerca de lo que va a pasar en esta entrada al tercer milenio y cuáles son nuestras propuestas y nuestros aportes. Yo creo que la arquitectura está llamada en ese sentido a ejercer un papel decisivo en esta materia, es decir, lo estuvo siempre, pero croo que la llamada es hoy más perentoria tenemos en cuenta que en el año 2.000, es decir, último año del siglo último del milenio, la población del mundo va a rondar aproximadamente los 6.500millones de habitantes, la mitad de los cuales van a vivir en ciudades.

Y por eso pienso que es importante este tipo de encuentros, este tipo de diálogos, porque sucede en una ciudad. Por otro lado, la arquitectura es un ejemplo asombroso de la expansión artística en nuestro tiempo. Es decir, hoy la arquitectura es entendida no solo como el arte de construir edificios sino como el arte de construir el entorno humano. Y sin duda es posible y es necesario considerar al entorno humano como la realización máxima de la estética arquitectónica, aunque no como estamos acostumbrados en el sentido tradicional que exige eliminar todas las observaciones prácticas y adoptar un distanciamiento contemplativo respecto de la obra de arquitectura.

Por lo contrario, el entorno humano suscita y a la vez compendia una experiencia opuesta a este sentido tradicional de las concepciones estéticas, es decir, creemos que la arquitectura permite una experiencia de un compromiso humano, que la arquitectura siempre quiso demostrar y muchas veces lo plasmó así. Como realización de una estética arquitectónica que ya no es primariamente visual y formal, el entorno humano supone y requiere una estrecha participación entre el sujeto que percibe y el objeto percibido, es decir, una participación que se conjuga con los intereses históricos y con los intereses culturales.

Un pórtico por ejemplo tiene tanto ritmo como el transeúnte que pasa por debajo de él, en las unidades modulares de hormigón pre moldeado existe un movimiento como también en los ojos del transeúnte que lo observa. Los espacios cerrados no sólo sirven para contener actividades, son aprendidos cinéticamente, así como las texturas de las superficies apelan a la vista, al tacto y la luz no solo hace posible el ejercicio de tareas específicas, también crea espacios, evoca sombras, evoca masas, es decir, que en síntesis la arquitectura es inseparable e indisociable del ser humano y lo ha sido desde sus comienzos.

Un abordaje a esta experiencia del entorno de la arquitectura debería proceder desde el punto de vista fenomenológico, no solo por la intención de identificarse con las estructuras, es decir, esenciales de esa experiencia sino también como para discernir las formas y los procesos de temporalidad y de movimiento que se generan en la arquitectura. Así que yo me animaría a plantear que una fenomenología de la experiencia arquitectónica, tiene que empezar por el lugar, por las acciones de empatía entre el hombre y el lugar, o sea, el entorno urbano. Los psicólogos de la percepción han trabajado sobre esta influencia del entorno en el cuerpo humano y los psicólogos del lugar también reflejaron una actitud similar relacionaron siempre el juego mutuo entre quienes perciben y quienes son percibidos, en nuestro caso no nos interesamos por una psicología del lugar, sobre todo pensando en que estamos hablando ahora de la vivienda, sino por una estética del lugar, por una estética del entorno urbano.

Es decir, persona y lugar, por supuesto actúan juntos, nos convertimos nosotros en una parte del espacio y dentro del discurso arquitectónico funcionamos como un curso dinámico que mantiene y sostiene la continuidad de los otros componentes. Es decir que se desarrolla entonces una unidad persona/estructura. Las ciudades modernas han sido construidas ciertamente por los seres humanos, pero no siempre han sido ubicadas en el centro experiencial de esos seres humanos, es decir, los rascacielos típicos que de alguna forma sobrevuelan opresivamente al transeúnte, en una forma los reducen a una insignificancia casi vulnerable. Cuando uno camina por la Sexta Avenida y mira para arriba. Sin embargo, seguimos siendo importantes para nuestros propios ojos, si bien no lo somos ante esos encristalados edificios en cuya compañía de alguna forma nos asustamos.