Cómo las comunidades pueden enfrentar desastres juntas

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Ante escenarios problemáticos se requiere poder actuar, para ello se necesita una serie de conocimientos y alianzas dentro de una comunidad, para responder a la altura de las demandas.

Las comunidades tienen que organizarse, es un paso de camino a la resiliencia y convivencia. La realidad actual está atravesada por factores que ponen en peligro tanto a la población como a las localidades, como son los desastres naturales, crisis económicas, políticas y eventos relacionados al cambio climático. Por ello, trabajar en conjunto y formar una red de contención es sumamente importante para salir adelante, para ser resiliente.

La resiliencia comunitaria no es un concepto abstracto, sino una estrategia concreta basada en el fortalecimiento de vínculos sociales, la inversión en capacidades locales y la construcción de redes de apoyo mutuo. 

A través de la colaboración, la educación y la planificación, las comunidades pueden transformar la crisis, en una oportunidad para crecer unidas y más fuertes.

La importancia del trabajo en equipo y fortalecer las relaciones ante la crisis 

Una de las herramientas claves en el camino de la construcción de  resiliencia frente a desastres es la preparación. Pero esto no significa solo  acopiar  víveres o reforzar infraestructuras, sino  poder enfocarse en construir conocimiento colectivo que se traducirá en brindar respuestas. 

Desde las escuelas, centros comunitarios y organizaciones civiles cumplen  un rol clave en la formación de ciudadanía crítica, que cuente con herramienta pata ser capaz de actuar frente a situaciones de emergencia. Talleres de primeros auxilios, cursos sobre gestión de riesgos y simulacros barriales no solo capacitan técnicamente, sino que refuerzan la confianza entre vecinos.

En este sentido, la educación juega un papel estratégico. Como señala la UNESCO, la educación para la reducción del riesgo de desastres debe estar integrada desde los niveles escolares iniciales. 

Formar a niños y niñas en protocolos de evacuación, cuidado del ambiente y resolución de conflictos no solo salva vidas, sino que es la base de una ciudadanía comprometida.

Pero también, las comunidades que se fortalecen en sus accionares son las capaces de manejarse en equipo. Ante un problema, el auxilio a tiempo está en manos de quien está al lado, como los vecinos que se conocen, se escuchan y colaboran entre sí, dando respuestas inmediatas. Para ello se debe tener capacitaciones. 

Ejemplos como las redes de “comités barriales de emergencia” en Chile, o los centros comunitarios de prevención en Filipinas, muestran cómo la organización social con anticipación puede reducir  el impacto de un desastre. 

Estos equipos suelen estar integrados por referentes locales, mujeres líderes, docentes, promotores de salud y jóvenes voluntarios, que caminan el territorio. Su trabajo va desde el monitoreo de alertas climáticas hasta la distribución equitativa de recursos en situaciones críticas.

Además, en momentos de crisis, el acompañamiento emocional es tan importante como el físico o material. Por eso, las redes de apoyo psicosocial, los espacios comunitarios de escucha y contención, y la articulación con profesionales de la salud mental también deben ser parte de cualquier estrategia de este tipo. 

Por ello, cuando se habla de infraestructura frente a desastres, la atención suele dirigirse a obras como represas, muros de contención o sistemas de drenaje pero existe otra infraestructura que es la infraestructura social.

Invertir en centros comunitarios multifuncionales, bibliotecas abiertas a la comunidad, espacios verdes de encuentro y equipamientos educativos no solo mejora la calidad de vida cotidiana, sino que también se transforma en un sitio de refugio y centro de operaciones ante una emergencia.

En zonas rurales o periféricas, donde los servicios del estado pueden tardar en llegar y son estas infraestructuras cumplen funciones de gran importancia. 

Capacitación y liderazgo local, la clave de una estructura

La capacitación técnica es otro pilar de la resiliencia y esto no se trata solo de tener conocimientos sobre cómo actuar frente a una catástrofe, sino de empoderar a los propios habitantes para que sean agentes de cambio. 

Desde cursos en energía solar para comunidades sin acceso a la red eléctrica, hasta capacitaciones en construcción con materiales resistentes y sustentables,  poder contar con un acceso  a fuentes de conocimientos es una herramienta clave para desarrollar una autonomía comunitaria.

Poder impulsar el liderazgo locales en el que haya diversidad  con la participación de mujeres, jóvenes y pueblos originarios, también es un aspecto de gran importancia ya que amplía la mirada sobre los riesgos y las soluciones posibles. Las distintas perspectivas y miradas  que se puedan escuchar  son de gran relevancia para lograr respuestas tanto inclusivas como acorde a la situación.

Muchas organizaciones impulsan procesos de co-creación de planes de contingencia junto a las comunidades, en lugar de tratar de imponer soluciones externas. 

En la misma línea, la tecnología  se posiciona como la gran aliada, con la capacidad de que las innovaciones con diversas apps pueden anticipar  desastres y organizar respuestas acordes a la situación problemática que se puede presentar. 

Pero, en general, contar con herramientas de innovación y su implementación es una barrera importante  ya que el acceso es escaso en zonas rurales. Poder contar con tecnología debe ser equitativo y alineado a las necesidades  de cada comunidad.

Construir comunidades resilientes no es una tarea que se logre de un día para el otro sino que necesidad de un compromiso sostenido, planificación participativa, inversión pública y voluntad política. Pero, sobre todo, necesita de un trabajo social vivo, organizado y comprometido.