Soledad o convivencia, el dilema del hombre a la hora de crear sus espacios

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Quien renuncia, o se ve obligado por una arquitectura indiferente a este hecho, a una sola de ambas hipótesis, corta el misterioso proceso interactivo del yo hacia los demás; que retroalimenta y desarrolla su personalidad, cercena sus posibilidades de progreso, y termina fracasando en su realización humana. Cuando consideramos esas supereficientes” viviendas que hemos visto, hablando en términos de rentabilidad del m2 construido, prácticamente sin superficies perdidas en circulaciones, me viene a la memoria aquel lamento terrible de Kierkegard:”Desgraciado el hombre que de niño no haya tenido un largo y oscuro pasillo donde poder llorar a solas, sin que nadie le vea”. Esta necesidad de soledad imposible de satisfacer en nuestros modernos hábitats, es particularmente angustiosa durante la adolescencia; cuando el joven precisa, lejos de la marabunta familiar, de tiempos de silencio, de meditación, para encontrarse consigo mismo, para ensimismarse. Ni siquiera su dormitorio, habitualmente compartido, le permite aislarse para ensoñar. Inclusive para situaciones menos trascendentes, y no por ello menos importantes, en las que el recogimiento es condición indispensable, como el estudio o la simple lectura, no existe espacio alguno adecuado en nuestras actuales viviendas.

Es el polo opuesto en la situación de comunicación, donde el hombre va a recibir el estímulo a su creatividad, el reto que conlleva el pensamiento ajeno cuando como en una especie de fertilización cruzada alimenta sus conocimientos; enriqueciendo los de los demás cuando contrasta la validez de su propio juicio frente al de otros. La calidad de la vivienda actual vuelve a ser un escandaloso fracaso. Desterrada hoy la estancia como centro lúdico de encuentro y comunicación familiar, el cuarto de estar, solo ha quedado para eso, para estar, que no para ser. Estar pasivamente sentado frente al televisor en acompañada soledad. Incomunicación que es grave cuando un miembro familiar precisa reunirse con un grupo afín, sin interferencias del resto, el ama de casa o sus hijos con sus íntimos, por ejemplo.

Todavía hay algo más en esta incapacidad de nuestra vivienda para permitir la convivencia o la incomunicación, y en otro nivel la práctica imposibilidad de comunicación humana con el extraño mundo exterior. Nada bueno hemos conservado de aquellas casas de comunidad donde los vecinos necesariamente llegaban a conocerse, aprendían a necesitarse, a estimarse o simplemente a detestarse, pero a sentirse seres humanos, vivos. Tampoco las enrejadas ventanas desde donde, sin salir del hogar se participaba de la vida de la calle, de la circunstancia urbana. Asomándose, bella palabra castellana intraducible a otros idiomas, que significa estar fuera sin dejar de estar dentro. Soledad y convivencia a un mismo tiempo.

Un amigo mejicano, que luego fue presidente de la Sociedad de Arquitectos de dicho país, quien había regalado un lindo apartamento a su madre. Mirando la vieja desde un lindo balcón hasta un viejo parque del Chapultepec, varios pisos más abajo, se lamentó: “Pues que pena que no más ya no podré asomarme”. Y tenía razón, solo se veían distantes copas de árboles. Era imposible toda comunicación o complicidad con personas próximas, todo contacto siquiera visual con el prójimo más próximo estaba vedado, había matado un poco de su vida. Y es que a veces los ancianos nos recuerdan lecciones nunca aprendidas. La pregunta a resolver es fácil: ¿fueron siempre así los hogares?, y si no, ¿cómo pudimos olvidarlo? Recordemos que hasta principios de siglo las viviendas estaban compuestas únicamente por dos tipos de habitaciones, alcobas y estancias, frecuentemente iluminadas a través de largos y oscuros pasillos, con niños dando patadas a la pelota o llorando. La cocina y el excusado, piezas de presencia incómoda solían situarse ocasionalmente compartidas con otros vecinos en un corral bien ventilado.

Cada alcoba poseía un equipamiento completo, mesa de trabajo, mueble armario y lavabo. En un solo espacio retranqueado la cama quedaba ocasionalmente oculta por una cortina. Servían durante el día a modo de suite privada. Por su parte las estancias se utilizaban en unas posibilidades económicas para la vida íntima de la familia, recibir visitas o como comedor de invitados, con lo que la vida en comunidad poseía un alto grado de especialización. Con una tipología tan simple y además intercambiable sin subordinación alguna a obstáculos, aseos o cocina, técnicamente inamovibles, el grado de flexibilidad de uso era altísimo. Cada nuevo ocupante podía disponer del conjunto como mejor satisficiere sus gustos o manías particulares.

Sin embargo, no todo eran ventajas. Las circulaciones resultaban interminables, inclementes. El desperdicio en pasillos totalmente antieconómico; la intimidad inexistente. Las dimensiones de las habitaciones quedaban fuera de escala, por la sencilla razón de que durante la construcción los espacios parecen siempre la mitad de grandes que cuando se terminan, y los maestros de obras propendían a curarse en salud. Como resultado un volumen imposible de calentar. En el perchero de la entrada colgaba un abrigo que, al decir de mi paisano Gala, había que ponerse al entrar en la casa.