Ciudades y ciudades dormitorio

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Un proverbio chino auténtico dice: “No hagas de pie aquello que puedas hacer sentado, ni sentado lo que podrías realizar tumbado, ni despierto lo que sería posible lograr dormido, ni vivo lo que puedas hacer muerto”. No es posible pues estar más cerca de la muerte que en el moderno invento del dormitorio, que llamamos hoy pieza fundamental de la vivienda. Por algo los buenos urbanistas hacen un escrupuloso distingo entre “ciudades y ciudades dormitorio” como antítesis de vida.

La progresiva tecnificación del hogar y la iluminación eléctrica, agua fría y caliente, calefacción, servicios sanitarios, cocina y mejora general de calidades, comportó además un aumento notable del costo del m2 construido. No se podían mantener las dimensiones de los espacios. En los años 40 aparecía un importante tratado cuyas repercusiones aún no han sido evaluadas, me refiero al “Arte de construir en Arquitectura” de mi viejo y querido profesor Ernest Neufert. En estos tratados se dan las medidas estrictamente mínimas para todo lo que el hombre precisa habitar. Los proveedores lógicamente se entusiasman. Se comienza bajando los techos de 3,50 a 2,20 metros, los estúpidos dormitorios pasan de 20 a 9 m2, etc. etc. Hasta alcazar la parodia denominada vivienda social.

De aquella época es el siguiente diálogo transcrito por el genial Gila: ¿qué es esto? ¿El armario empotrado? “Nada de eso señora, es el dormitorio principal”, replica ofendido el vendedor. Y con esta caricatura del hogar hemos alcanzado el umbral del siglo XXI. ¿La cuestión es qué podemos o qué debemos hacer para que la vivienda coadyuve o, al menos no impida, un buen rodaje y desarrollo de una nueva generación de hombres y mujeres? Echemos un vistazo a alguna de las originales peculiaridades de esa nueva generación que se nos estrena. El prestigioso sociólogo Theodor Zelding ha analizado las tendencias evolutivas de la nueva pareja que, a fin de cuentas, constituye la razón de ser última de toda vivienda.

“El matrimonio generalizado”, nos dice. “es una conquista relativamente reciente que ha costado mucho imponer a las diversas iglesias. En la Edad Media eran numerosas las parejas que no se preocupaban por legitimar su enlace. El alto porcentaje de parejas no casadas en los países nórdicos no significa un índice de progreso, sino la supervivencia de una antigua costumbre campesina a la que las iglesias escandinavas se han opuesto en vano”. Lo que resulta interesante destacar es que, con independencia de su estatus matrimonial, existe un consenso universal entre las parejas de la nueva generación por homogeneizar su comportamiento en común. Uno de los descubrimientos de esta nueva generación es que para convivir bien con alguien no hace falta comer en el mismo plato sino por el contrario, salvaguardar cuanto se pueda la propia identidad.

Para cada cual es esencial disponer de una zona privada exclusiva. Como las viviendas modernas no se adaptan a este nuevo estilo, prefieren vivir en viejas mansiones destartaladas pero espaciosas, eludiendo la estrechez y rigidez de aquellas. Cada uno se encarga de amueblar y decorar por su cuenta su habitación propia. Ambos contribuyen al arreglo del cuarto de estar. El objetivo común consiste en mantener una independencia en la asociación y no escapar de la soledad al precio de absorbida por la pareja perder la identidad individual. Las tareas del hogar no quedan encomendadas a la mujer como en tiempos remotos, ni se comparten a la manera de las generaciones próximo modernas. Cada uno debe ocuparse de lo que es capaz, aboliendo la distinción masculino femenina y responsabilizándose alternativamente de la educación de los hijos. Esperan que esta fórmula permitirá a cada individuo encontrar una identidad más ágil compuesta por una multiplicidad de imágenes fluctuantes, no fosilizadas. Hasta aquí Zelding. Flexibilidad es la palabra clave. El cambio perpetuo como integrante de la vida. En definitiva, reclaman rabiosamente reconquistar la perdida posibilidad de elección entre soledad y convivencia.

Los arquitectos no podemos seguir insensibles ignorando la renacida realidad y continuar con la ceguera de repetir viviendas de los años 50 para la generación de los 90. En la industria de la lucha por la vida fabricar armamento obsoleto constituye delito de alta traición. Recordemos que durante la Revolución Francesa la clase profesional que puso más cabezas en la guillotina fue la nuestra, la de los arquitectos. En otras palabras, hemos de tener el coraje de asumir que la vivienda llamada moderna no es ya válida para la nueva generación. Que si bien resulta extraordinariamente eficaz en términos de espacio, economía y privacidad carece por completo de flexibilidad del uso, por lo que no puede adaptarse a la exigencia prioritaria de poder escoger optativamente el estar en situación de soledad o de convivencia. Y sin embargo cabe la esperanza de imaginar un nuevo hogar donde cada miembro disponga de una alcoba con aseo propio, donde por descontado pueda dormir, pero también, trabajar, leer o escribir, estudiar o recibir a sus íntimos; telefonear o telever; meditar, rezar, oír música, cantar o estar callado; según le plazca, y siempre sin estar ni serlo por los demás.

Al liberarse los dormitorios de las rígidas conexiones con un solo baño compartido se produce un craking del núcleo privado que permite a cada alcoba situarse donde mejor contribuya a optimizar la distribución. Una amplia y articulada estancia facilitará la vida colectiva en toda su variopinta y excitante riqueza, sin perder ni uno solo de los valiosos logros de calidad ya conquistados durante el funcionalismo. La vivienda ha de recuperar el concepto de apartamento autónomo,”agiornando|alcoba como módulo básico de composición y descargando a la estancia de cuantos elementos puedan restar autenticidad a la convivencia. Para lograr este objetivo no se precisa un momento financieramente imposible. Si esta generación se vuelve de espaldas al problema estará condenada a vegetar en un arquetipo sin futuro, que se ha quedado anticuado, traicionando al fin último de auto perfeccionamiento para el que el hombre ha sido creado.